La Mediación: otra vocación de las Relaciones Públicas

Hablar de culturas diferentes que conviven en un mismo espacio, necesariamente nos lleva a hablar de conflicto o confrontación. Las distintas manifestaciones de estas culturas (lenguaje, religión, tradiciones, costumbres, usos, etc.) provocan desavenencias, desacuerdos, enfrentamientos, o en el peor de los casos, violencia.

Incluso si prefieres ignorar al otro por ser diferente, el hecho de no reconocer que está ahí o no querer reconocer su derecho a estar ahí, se convierte en una verdadera agresión.

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Se necesita un alto nivel de civilidad para reconocerme a mí y mis diferencias con el otro, sin que eso signifique un choque sino más bien un punto de riqueza. Cuando esta civilidad no existe, y la convivencia con el otro distinto es inminente, es de mucha ayuda contar con alguien que pueda auxiliarme a aliviar las presiones que las diferencias provocan.

La mediación intercultural se concibe como “un recurso al alcance de personas de culturas diversas, que actúa como puente, con el fin de facilitar las relaciones, fomentar la comunicación y promover la integración entre personas o grupos pertenecientes a una o varias culturas.” (Mora, 2011)

De acuerdo a esta definición, nos encontramos con que los elementos básicos que integran el proceso son: por lo menos dos culturas distintas interactuando, el conflicto que la interacción genera, un tercero neutral que facilita que las partes superen el conflicto, y la finalidad que se quiere alcanzar con la resolución del conflicto.

El nivel de dificultad con el que se resuelve el conflicto puede variar dependiendo de muchos factores:

  • Lo profundo de las diferencias
  • Los intereses que estén en juego
  • El grado de conflicto o desacuerdo generado
  • La existencia o no de agresión o violencia
  • La pericia del mediador
  • La fuerza de los prejuicios o estereotipos que una cultura tenga de la otra y viceversa

Lo verdaderamente importante en el proceso es que el mediador será justo eso, solo un tercero que asistirá y guiará a las partes para que resuelvan el conflicto ellas mismas, y no un negociador que ponga la solución sin que los afectados participen.

Un punto vital para que el mediador intercultural tenga éxito en su cometido, es el dominio de los lenguajes/códigos de ambas partes. Pero no solo en lo relativo al idioma, sino también a su comunicación no verbal, a su contexto, a sus tradiciones y costumbres, sus protocolos y todo aquello que involucre algún tipo de comunicación.

Debe funcionar como un traductor no solo de idiomas, sino también de intenciones, de puntos de vista, de prioridades, de necesidades.

El estado ideal será la no existencia de los mediadores, el momento en el que no hablen las diferencias ni determinen las relaciones entre las personas. Mientras ese momento llega, los que lo esperamos podemos contribuir a la mediación defendiendo siempre la multiculturalidad como forma permanente de vida.

 

Referencia:

Mora Villarejo, M. (2011). La Mediación Intercultural, Conceptualización, Funciones y Perfil del Mediador. Rumbos TS, 6, pp. 71 – 84.

 

Crédito Imagen:

http://www.pexels.com

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